Equinoccio de otoño

El tiempo era ventoso y templado. El verano había muerto sin esperar al otoño. Las nubes del sur que invadían aquel norte, cruzaban veloces un cielo del que se escapaba la luz.

– Es tarde, en casa me esperan.
– Espera por favor, falta poco, se que falta ya muy poco.

El río era un trazo silencioso repleto de hojas muertas que flotaban quietas sobre el agua inmóvil.

– Lo sé, calla, no te preocupes. A donde quiera que vayas hoy, te seguiré. Hoy sí. Siempre juntos, ¿no?
– Siempre juntos.

Y con la avidez del hambriento devoraron la oscuridad que les devolvía al tiempo que se les fue. Arriba el trémulo sonido de las hojas les llevaba en volandas a aquellos largos veranos, de junio a septiembre, que eran pedazos inmensos de sus vidas. Y del murmullo de los árboles caían suaves los recuerdos más hermosos. Creían oír las risas de los niños que un día fueron, voces de personas olvidadas en el tortuoso camino del tiempo, el chapoteo alegre en aquel manso río de sur.

El sol caminaba decidido a su ocaso ocultándose tras la línea uniforme de montes. 22 de septiembre. Equinoccio de otoño, equilibrio perfecto entre luz y tinieblas, mitades idénticas para el día y para la noche. Cuando el sol era ya apenas una orla dorada que enmarcaba el perfil de la montaña, un último rayo agotado atravesó el cielo que los protegía creando un tenue haz de luz. Luego el sol se ocultó, arrastrando su luz tras las montañas.

En ese momento su corazón agotado se detuvo. Con el latido final, un último impulso recorrió aquella línea mágica que los había mantenido siempre unidos. Detrás nada. Fibras, hilos invisibles se desenredaban sin cesar, y sin cesar desaparecían de aquel cuerpo ya inerte.

Ella sintió un dolor punzante en su pecho y se sintió golpeada por el recuerdo de una remota sensación de soledad. Apretó con fuerza la mano que retenía en su mano y no se sorprendió de encontrarla ya inanimada, sin vida.

Abrió los ojos a un universo que esperaba lo más profundo de la noche para mostrarse en todo su esplendor: miles, millones de estrellas, de planetas y de constelaciones en un constante movimiento de distancias y tiempos casi infinitos, pero unidos al final por invisibles hilos de energías que crean entre ellos vínculos irrompibles, lógicas predecibles, fenómenos de acontecer seguro.

Estaba sola de nuevo. No importaba. Un año, en un año el sol volvería a ser la orla dorada que iluminaba el perfil uniforme de aquella hilera de montes redondeados y yermos, que enmarcaban un retrato previsible de pueblo. Dentro de un año, a la misma hora, en el mismo lugar y momento, otro último rayo de luz vendría y la encontraría lista para dejarse arrastrar por un hilo mágico que la llevaría hasta él, hasta ponerlos de nuevo uno frente a otro, hasta hacerlos uno por fin.

Un año, era poco un año de espera cuando se tenía toda la eternidad por delante.