El hombre y la trucha

Un corcho pintado de rojo flota sobre la superficie del agua mansa del río. Apenas se mueve, minúsculas sacudidas, puntos cosidos al agua con el hilo invisible que lo mantiene unido a las manos del hombre viejo que aferra la caña de la que cuelga el corcho.

El aire tibio de la tarde agita las hojas de los árboles y dibuja líneas efímeras en el agua. Calor, sombra, verano.

– ¿Eres tú verdad?

Y el corcho que se agita breve al impulso rítmico que nace del fondo del agua. Una sacudida, dos, tres… una dos.

– Lo sabía. Cuánto tiempo … ¿treinta años? Qué dices, por lo menos 40 o 45. Tanto tiempo, tantas cosas. Tú, por fin tú.

El corcho; una sacudida, dos, tres… una dos.

– Sí, tienes razón, 45 años o quizás más. Entonces estábamos en las viejas escuelas de Mijangos, el pequeño acababa de nacer. Muchos años desde la última vez que nos vimos. Siempre sentí no despedirme, las cosas se pusieron muy feas ahí fuera ¿sabes? Se acabaron muchas cosas, tiempos difíciles. Luego no quise ni volver por aquí, me hablaban del pueblo, del río que estaba sucio, de que ya nada era igual. Me decían que ya no quedabais ninguna. Por cierto, perdona por hacerte venir aquí. Pero es que ya ves cómo estoy, son muchos años los que tengo ya. Y gracias a que el me trae hasta aquí, que si no. ¿Cómo? ¡Ah! ¿Que tú ahora vives siempre aquí? Lo que es hacerse viejo ¿eh? Quién nos ha visto y quién nos ve. Si esto parece una charca de agua sucia, ni las hojas muertas se mueven. Entonces siempre nos encontrábamos río arriba, más allá del puente de Urria ¿Te acuerdas? Aquellas mañanas luminosas de primavera en las que el agua parecía traer flotando el frío de los montes de Lunada. Cómo corría allí el río, y cómo sonaba al romperse contra las lajas de piedra. ¿Te ríes? Sí, allí estabas siempre y allí siempre te escabullías ¿eh? Pero lo pasábamos tan bien. Qué hermosa eras agitándote enérgica entre las burbujas del agua limpia y fría, reflejos de plata y lomos arco iris. No, tranquila, me imagino, no tienes más que mirarme a mí. ¿Me has visto llegar con la cachava? Qué pena, no me he dado cuenta, no la uso siempre no vayas a creer. Pero me hace sentirme más seguro. ¿Y tú? Normal, por eso vives aquí, de verdad que igual es por la vista pero no se te ve nada. Nada. Esa suerte que tienes, yo a veces también desearía ser invisible, vivir sí, pero escondido en el fondo de los recuerdos de lo que fui, no en esta vieja realidad de lo que ahora soy. Y gracias, que otros ya ni eso. ¿Cómo? No, no digas eso. Ya los he visto volando por aquí encima pero tú eres demasiado grande, demasiado fuerte. O no, igual tienes razón, igual hasta mejor ¿no? Me daría tanta pena descubrirte un día flotando del revés, hinchada y podrida, en este agua sucia de verano y olvido. El miedo no es dejar de estar, lo que me da miedo de verdad es cómo nos vamos a ir a dejar de estar ¿no crees?

Y el sol se oculta ya detrás de la Tesla en una tarde de un día que parece no querer acabar nunca.

–¿No crees?

El corcho, inmóvil sobre la superficie lisa del agua.

– Nunca te quise tener. Que lo sepas, yo entonces no lo sabía pero ahora sí. Nunca te quise ver herida la boca y presa al final del hilo de mi caña. Nunca. Y me alegro. Porque eres, eras, el verano, el río. La vida, mi vida.

Y llega la noche.