Te declaro la paz

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Te declaro la paz.
Te regalo mi derrota. Y la tuya. Que no la quiero, que no me sirve.
No me sirven ni tu paz, ni mi derrota.
Te declaro la paz que viene después de todo y antes de que llegue la nada.
La paz de los que siempre llegamos tarde,
la de los que entramos en el sitio equivocado.
La paz que nos golpea al cerrar –desde fuera– todas las puertas.
Ni vencedores ni vencidos. Derrotados.
Derrotada tú, derrotado yo.
Vence el silencio y nos entrega este aire rasgado que respiramos.
Vence el silencio y nos regala su amarga victoria.
Te declaro la paz, ahora que ya no puedo encontrarte.
Y me voy derrotado. Otra vez.

 
 

También esto pasará

Estoy leyendo También esto pasará de Milena Busquets. El título hace referencia a un cuento chino que habla del encargo de un emperador a los hombres más sabios de su reino: quiero guardar oculto dentro de mi anillo algún mensaje que pueda ayudarme en momentos de desesperación total. Tiene que ser un mensaje pequeño, de manera que quepa debajo del diamante del anillo. Un mensaje que me ayude a mí, a mis hijos y a los hijos de mis hijos, siempre, en cualquier situación en la que requiera el mejor consejo.
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Perro y yo

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Se llamaba Terri, pero yo le llamaba perro. Bueno, hasta que me enteré de que su nombre era ese, Terri. Pero eso fue casi llegando de nuevo a su pueblo, a su casa. Y ya nos daba igual.
Perro, Terri, salió todavía no se de donde mientras de mañana muy temprano yo dejaba las últimas casas de Brañosera de camino al monte. Alegre, adelante y atrás sin parar, olisqueando matas y piedras aquí y allá. Feliz, creo, corría tras de mí cuando yo corría. Pícaro, seguro, se volvía a mirarme cuando yo, resoplando, dejaba de correr.
Pasado ya un buen rato y en una revuelta del camino vimos Perro y yo las casitas de Brañosera abajo en el valle. Se alzaban perezosos algunos humos y resonaban lejanos los sonidos del pueblo desperezándose: un tractor, una campana, un perro. Terri alzó sus orejas peludas girando levemente la cabeza. Le hubiera entendido, arriba siempre hay menos que abajo, por eso se me dibujó una sonrisa muy adentro cuando enseguida sentí tras de mí su carrera juguetona. Seguir leyendo

Pescadores de sueños de corredores

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Al caer la noche corro por las aceras de los largos paseos que bordean la ría. Me cruzo con desconocidos. Con los que vuelven cuando voy. Con los que van cuando vuelvo. No distingo sus caras ni se sus nombres. Las luces de la calle multiplican nuestras sombras.
El otro día me paré para hablar con los hombres del bote. Hacía ya días que los veía remar, siempre al anochecer, camino del pequeño embarcadero donde ahora amarraban la chalupa.
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Carreras con corredores que no corren

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Desde un alto alcancé a ver una carrera de corredores que no corrían.
Solo un viejo camino por recorrer, sin dorsal, ni meta a la que llegar.
Olvidada la salida, olvidados los otros. Olvidado todo menos esa sombra que camina a su lado.
– No te quedes, no me dejes. No, ahora no.
No miréis atrás, no os queda nadie. No miréis adelante, no queda nada.
Solos en un viejo camino, vislumbrando el final, los corredores no dejan de caminar.

 
 
 

Perdido en la niebla

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Niebla del norte que odia el sur. Niebla que se resiste a dejar el bosque que le da cobijo.

Y yo caminando perdido en mi propia niebla mientras una presencia amenazante no deja de acompañarme. Una respiración aguda y rítmica. Un silbido cortado a cuchillo cada vez más fuerte, cada vez más próximo.

Corro a la modesta cumbre, anónima, olvidada, ideal para perdidos, para náufragos de domingos por la mañana. Mi respiración alocada no logra tapar ese siseo agudo que ahora parece cortar tiras de niebla y arrojarlas contra mí. Intuyo más que veo la mínima estructura que jalona la cima, nada importa. Mi cuerpo se tensa agotado por la carrera y por el terror ante la evidencia, ante la seguridad de no poder evitar descubrir la verdad oculta. Desearía que la niebla lo tapará todo. Todo, siempre.

Y aparece la bestia como un enorme barco a la deriva, barco de inútil hélice sin agua que golpear. Naufragio sin supervivientes en una cima perdida.

No hay niebla que oculte a mis monstruos. Corro al valle pero todavía ahora le escucho respirar.

Se que estás ahí.

 
 
 

La última vez que vi una ultimavez

Apenas hemos nacido la vida nos regala un pequeño saco. No hace falta pedirlo. Ni importa si queremos llevarlo encima o no. Todos tenemos nuestro pequeño saco.

Hay quien no descubre nunca que carga con el y también, quien conociendo lo que hay dentro no sabe ponerle nombre.

Pero todos lo llevamos cosido a la piel muy, muy cerca del corazón. Vaya que si lo llevamos. Hasta el último de nuestros días.

Es el saco de las ultimasveces. Ellas mismas irán viniendo a buscar su lugar en el saco para quedarse ya siempre con nosotros. Seguir leyendo

Con v de nieve

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Existen dos inviernos. O más.
Existe el invierno que vive en el aire.
El que llega cuando nos vamos y el silencio sube a ocupar nuestro lugar, su lugar.
Es el invierno que congela momentos en el tiempo.
Invierno pálido, frío, blanco.
Y existe el invierno negro que habita en nosotros.
Tiempo de alma fría, de pies mojados.
Inviernos tristes de tristes hombres.
Existen dos inviernos, o más. Tu invierno, mi invierno.
Y allí arriba el viento helado que nos arrebata gritando lo que es suyo.
Invierno que vive en el aire, invierno con v de nieve

 
 

La fatalidad

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¿Existe la fatalidad? ¿Existe un destino maldito que se adhiere a la vida de uno y se impone a cualquier voluntad? Sí, nuestros actos tienen sus consecuencias, pero ¿por qué los mismos actos, las mismas voluntades conducen muchas veces a consecuencias tan diferentes? Bastan unos pupitres de distancia, un par de portales en la misma calle, un hermano arriba, un hermano abajo para que las consecuencias puedan arrastrarte a un infierno sin salida. ¿Y si se tratara tan solo de la fatalidad?
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