La puerta de la ausencia

La puerta de la ausencia. Luis Ibergallartu

Y aprovechando que todos os habíais ido abrí la puerta de la ausencia.
Por saber qué había dentro.
Por ser yo también–por un breve instante pensé– ausencia.
Abrí, y allí estaba yo.
En la puerta de la ausencia.

 
 

Espejos rotos

Espejos rotos © Luis Ibergallartu

Me han dicho que en los gimnasios trucan los espejos para que al vernos en ellos nos sintamos mejor.
Y nos sentimos mejor porque hemos creído que somos mejores. No, no lo hemos creído, es que realmente nos hemos visto mejor.
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Pedaleo

Pedaleo. © del texto y de la fotografía; Luis Ibergallartu

Hoy he vuelto a andar en bici. Hoy estoy 35 kilómetros más cerca del verano.
Pedaleo desde hace mucho. No se por qué, aunque creo que al menos ya se hacia donde.
Voy al verano.
Hoy las cunetas son frías y húmedas. La luz se escapa rápida y proyecta largas sombras sobre la carretera.
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Perdóname

Perdóname. © del texto y de la fotografía; Luis Ibergallartu
Perdóname por no haber vuelto.
Pero es que siguen allí.
Piedras manchadas de miedo y horror.
Y el grito, blasfemo e impotente. Inútil lamento que no necesito oír más para recordar la verdad.
No lo necesito, no necesito volver.
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Irene

irene
Sigue por favor. No te calles todavía, cuéntame algo más. Se que estás cansada. Y mayor. Y ahora un poco triste. Pero sigue hablando Irene, cuéntame cómo era todo. Que ya las comienzo a ver, que están ahí. Que ya llegamos a esas montañas que siempre soñé con conocer.
Háblame de cuando eras “vaquera” y llevabas ganado con Marieta de Casa Torré hasta el Prado de la Reina, ese tan grande y bueno que queda encima de Serveto. Cuenta cómo aquel hijo marchó “aborrecido” de la crueldad de un padre por el “Riomayor” hasta Lannemezan a trabajar de herrero. Y lo de su hermana, que le llevó una guitarra desde Sin el verano siguiente, y la noticia de la muerte del padre otro después.
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5 libros 3 euros

Historias de las historias
El viernes compré unos libros. Los vendían en la puerta de una tienda que ya no ofrecía otra cosa que un cartel que anunciaba su cierre. Y otro más pequeño, fuera sobre una pequeña mesa de madera, donde, escrito a mano se decía lo de los libros.
5 libros 3 euros. Y una pila de libros, de esos gorditos y con cuidados diseños de cubiertas y lomos.
–No, si yo no vendía libros, los tenía en mi casa, pero, ya ves –me explicó la mujer sin disimular su tristeza.
Y devolviéndome los dos euros del cambio –Al menos así, otros podréis volver a disfrutar leyéndolos. No son malos, ya verás.
Ya veré –pensé. Leeré, imaginaré, soñaré.
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Te declaro la paz

tu_paz
Te declaro la paz.
Te regalo mi derrota. Y la tuya. Que no la quiero, que no me sirve.
No me sirven ni tu paz, ni mi derrota.
Te declaro la paz que viene después de todo y antes de que llegue la nada.
La paz de los que siempre llegamos tarde,
la de los que entramos en el sitio equivocado.
La paz que nos golpea al cerrar –desde fuera– todas las puertas.
Ni vencedores ni vencidos. Derrotados.
Derrotada tú, derrotado yo.
Vence el silencio y nos entrega este aire rasgado que respiramos.
Vence el silencio y nos regala su amarga victoria.
Te declaro la paz, ahora que ya no puedo encontrarte.
Y me voy derrotado. Otra vez.

 
 

También esto pasará

Estoy leyendo También esto pasará de Milena Busquets. El título hace referencia a un cuento chino que habla del encargo de un emperador a los hombres más sabios de su reino: quiero guardar oculto dentro de mi anillo algún mensaje que pueda ayudarme en momentos de desesperación total. Tiene que ser un mensaje pequeño, de manera que quepa debajo del diamante del anillo. Un mensaje que me ayude a mí, a mis hijos y a los hijos de mis hijos, siempre, en cualquier situación en la que requiera el mejor consejo.
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Perro y yo

perro
Se llamaba Terri, pero yo le llamaba perro. Bueno, hasta que me enteré de que su nombre era ese, Terri. Pero eso fue casi llegando de nuevo a su pueblo, a su casa. Y ya nos daba igual.
Perro, Terri, salió todavía no se de donde mientras de mañana muy temprano yo dejaba las últimas casas de Brañosera de camino al monte. Alegre, adelante y atrás sin parar, olisqueando matas y piedras aquí y allá. Feliz, creo, corría tras de mí cuando yo corría. Pícaro, seguro, se volvía a mirarme cuando yo, resoplando, dejaba de correr.
Pasado ya un buen rato y en una revuelta del camino vimos Perro y yo las casitas de Brañosera abajo en el valle. Se alzaban perezosos algunos humos y resonaban lejanos los sonidos del pueblo desperezándose: un tractor, una campana, un perro. Terri alzó sus orejas peludas girando levemente la cabeza. Le hubiera entendido, arriba siempre hay menos que abajo, por eso se me dibujó una sonrisa muy adentro cuando enseguida sentí tras de mí su carrera juguetona. Seguir leyendo

Pescadores de sueños de corredores

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Al caer la noche corro por las aceras de los largos paseos que bordean la ría. Me cruzo con desconocidos. Con los que vuelven cuando voy. Con los que van cuando vuelvo. No distingo sus caras ni se sus nombres. Las luces de la calle multiplican nuestras sombras.
El otro día me paré para hablar con los hombres del bote. Hacía ya días que los veía remar, siempre al anochecer, camino del pequeño embarcadero donde ahora amarraban la chalupa.
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