Perro y yo

perro
Se llamaba Terri, pero yo le llamaba perro. Bueno, hasta que me enteré de que su nombre era ese, Terri. Pero eso fue casi llegando de nuevo a su pueblo, a su casa. Y ya nos daba igual.
Perro, Terri, salió todavía no se de donde mientras de mañana muy temprano yo dejaba las últimas casas de Brañosera de camino al monte. Alegre, adelante y atrás sin parar, olisqueando matas y piedras aquí y allá. Feliz, creo, corría tras de mí cuando yo corría. Pícaro, seguro, se volvía a mirarme cuando yo, resoplando, dejaba de correr.
Pasado ya un buen rato y en una revuelta del camino vimos Perro y yo las casitas de Brañosera abajo en el valle. Se alzaban perezosos algunos humos y resonaban lejanos los sonidos del pueblo desperezándose: un tractor, una campana, un perro. Terri alzó sus orejas peludas girando levemente la cabeza. Le hubiera entendido, arriba siempre hay menos que abajo, por eso se me dibujó una sonrisa muy adentro cuando enseguida sentí tras de mí su carrera juguetona. Seguir leyendo