Irene

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Sigue por favor. No te calles todavía, cuéntame algo más. Se que estás cansada. Y mayor. Y ahora un poco triste. Pero sigue hablando Irene, cuéntame cómo era todo. Que ya las comienzo a ver, que están ahí. Que ya llegamos a esas montañas que siempre soñé con conocer.
Háblame de cuando eras “vaquera” y llevabas ganado con Marieta de Casa Torré hasta el Prado de la Reina, ese tan grande y bueno que queda encima de Serveto. Cuenta cómo aquel hijo marchó “aborrecido” de la crueldad de un padre por el “Riomayor” hasta Lannemezan a trabajar de herrero. Y lo de su hermana, que le llevó una guitarra desde Sin el verano siguiente, y la noticia de la muerte del padre otro después.
Sigue hablando de hombres y mujeres de la montaña, que tus ojos ya hablan de crueles “nevazos” y de las toneladas de frío de octubre a abril. Viajes en mulas, 10 litros de aceite desde Gistaín pasando por “el Mont”, guardias civiles, la Bolsa de Bielsa, el contrabando, los gendarmes. Trozos de tierra arrancados a la tierra.
Irene llévame hasta las montañas que nunca alcancé, esas que siempre soñé desde valles de ruido, gente y polvo. Las que no saben del color de pistas, ni de senderos balizados ni de aventuras extrem. La Peña de las Diez, la de las Once y la del Mediodía. Montañas y gentes de un Pirineo que se van despacio con cada palabra de Irene, con cada silencio de Quiné, su marido.
Se va la tarde en la vieja cocina de Sin. Se apagan las voces en paisajes de una niñez que todos sabemos no volverán.
– Volver a verme, aunque no se, estoy ya muy mayor….
Y su silencio cierra la ventana a un mundo que no volveremos a ver jamás.
Volveré. Porque ahora se donde están las montañas más hermosas del mundo. Siempre lo he sabido, pero yo, el otro día, las vi.
Gracias Irene.