Pescadores de sueños de corredores

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Al caer la noche corro por las aceras de los largos paseos que bordean la ría. Me cruzo con desconocidos. Con los que vuelven cuando voy. Con los que van cuando vuelvo. No distingo sus caras ni se sus nombres. Las luces de la calle multiplican nuestras sombras.
El otro día me paré para hablar con los hombres del bote. Hacía ya días que los veía remar, siempre al anochecer, camino del pequeño embarcadero donde ahora amarraban la chalupa.
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Carreras con corredores que no corren

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Desde un alto alcancé a ver una carrera de corredores que no corrían.
Solo un viejo camino por recorrer, sin dorsal, ni meta a la que llegar.
Olvidada la salida, olvidados los otros. Olvidado todo menos esa sombra que camina a su lado.
– No te quedes, no me dejes. No, ahora no.
No miréis atrás, no os queda nadie. No miréis adelante, no queda nada.
Solos en un viejo camino, vislumbrando el final, los corredores no dejan de caminar.

 
 
 

Perdido en la niebla

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Niebla del norte que odia el sur. Niebla que se resiste a dejar el bosque que le da cobijo.

Y yo caminando perdido en mi propia niebla mientras una presencia amenazante no deja de acompañarme. Una respiración aguda y rítmica. Un silbido cortado a cuchillo cada vez más fuerte, cada vez más próximo.

Corro a la modesta cumbre, anónima, olvidada, ideal para perdidos, para náufragos de domingos por la mañana. Mi respiración alocada no logra tapar ese siseo agudo que ahora parece cortar tiras de niebla y arrojarlas contra mí. Intuyo más que veo la mínima estructura que jalona la cima, nada importa. Mi cuerpo se tensa agotado por la carrera y por el terror ante la evidencia, ante la seguridad de no poder evitar descubrir la verdad oculta. Desearía que la niebla lo tapará todo. Todo, siempre.

Y aparece la bestia como un enorme barco a la deriva, barco de inútil hélice sin agua que golpear. Naufragio sin supervivientes en una cima perdida.

No hay niebla que oculte a mis monstruos. Corro al valle pero todavía ahora le escucho respirar.

Se que estás ahí.

 
 
 

La última vez que vi una ultimavez

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Apenas hemos nacido la vida nos regala un pequeño saco. No hace falta pedirlo. Ni importa si queremos llevarlo encima o no. Todos tenemos nuestro pequeño saco.

Hay quien no descubre nunca que carga con el y también, quien conociendo lo que hay dentro no sabe ponerle nombre.

Pero todos lo llevamos cosido a la piel muy, muy cerca del corazón. Vaya que si lo llevamos. Hasta el último de nuestros días.

Es el saco de las ultimasveces. Ellas mismas irán viniendo a buscar su lugar en el saco para quedarse ya siempre con nosotros. Seguir leyendo

Con v de nieve

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Existen dos inviernos. O más.
Existe el invierno que vive en el aire.
El que llega cuando nos vamos y el silencio sube a ocupar nuestro lugar, su lugar.
Es el invierno que congela momentos en el tiempo.
Invierno pálido, frío, blanco.
Y existe el invierno negro que habita en nosotros.
Tiempo de alma fría, de pies mojados.
Inviernos tristes de tristes hombres.
Existen dos inviernos, o más. Tu invierno, mi invierno.
Y allí arriba el viento helado que nos arrebata gritando lo que es suyo.
Invierno que vive en el aire, invierno con v de nieve

 
 

La fatalidad

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¿Existe la fatalidad? ¿Existe un destino maldito que se adhiere a la vida de uno y se impone a cualquier voluntad? Sí, nuestros actos tienen sus consecuencias, pero ¿por qué los mismos actos, las mismas voluntades conducen muchas veces a consecuencias tan diferentes? Bastan unos pupitres de distancia, un par de portales en la misma calle, un hermano arriba, un hermano abajo para que las consecuencias puedan arrastrarte a un infierno sin salida. ¿Y si se tratara tan solo de la fatalidad?
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Derecho al olvido

Derecho al olvido

DERECHO AL OLVIDO EN INTERNET

La UE obliga a Google a retirar enlaces con información lesiva. El Tribunal de Justicia de la UE insta a los buscadores a suprimir la información relativa a terceras personas que así lo soliciten.

Derecho al olvido. Qué pretenciosos. Quién podrá decir que ha olvidado. El olvido, una larga sombra que precede nuestros pasos y a la que jamás logramos dar alcance. Jamás.

 

Estelas

Condenadas a no encontrarse jamás

Dos aviones cruzando el cielo. Estelas blancas sobre el azul frío del invierno.
Diez mil metros más abajo dos árboles desnudos lanzan desesperados sus ramas a un encuentro imposible.
Estelas condenadas a atravesar juntas el cielo sin encontrarse jamás. Ramas presas de sus raíces, eternamente próximas, eternamente solas.

Trenes a ninguna parte

Trenes a ninguna parte. Luis Ibergallartu

Cuando yo era un crío bajaba todas las tardes de verano a ver pasar un tren. Era un tren ruidoso y humeante, un tren del que no sabíamos ni de dónde venía ni a dónde iba. No nos importaba. Era un tren lleno de ilusión, de gritos de chavales al caer el sol, de pan con chocolate, de bicicletas BH, de poner clavos en las vías para hacer espadas. Era un tren de verano. Era un verano de niños.
Un día subí de la estación para no volver. Entonces no lo sabía, pero fue mi último verano. Hoy he vuelto a bajar a aquella vieja estación y solo encuentro edificios ruinosos, vías a ninguna parte. Busco entre cascotes algo de todo aquello que un día dejé al subir de regreso a la nada, a terminar mi último verano, camino al invierno en que todavía habito. Pero no hay nada, no queda nadie.
Y no puedo dejar de preguntarme a dónde fue el último tren. Cuál fue su último verano. Quiero pensar que nada ni nadie detendrá esa locomotora de ilusión, que allá por donde quiera que pase echando su humo, niños sin nombre seguirán viviendo veranos de pan con chocolate.
Aquí hoy todo es ruina y los viejos edificios parecen llorar tanto silencio, tanta ausencia. Lágrimas verdes por aquellos veranos que nunca, nunca regresarán.