Esperar es ser

estacion

Conozco una estación por la que ya no pasa nada.
Una vía tuerta que nunca supo a dónde mandó sus trenes perdidos.
Y un reloj roto que gotea horas muertas.
Y una sala de espera ciega que amontona en el suelo, todos los billetes de vuelta a casa que nunca usé.
Y no pasa nada por la estación, porque nada pasa.
––
Si buscas una estación en la que no pasa nada –si logras encontrarla– estarás solo esperando a nada.
Porque nada viene, nadie se va sobre la vía muerta de los trenes perdidos.
Para no volver a venir de ningún sitio y no tener que volver a marcharte a ningún lado nunca más, busca tu estación.
Sin trenes que esperar, sin nada que perder.
Búscala. Que si la encuentras y esperas, seguramente es que te has encontrado.

 
 

Ausencia

Ausencia. Luis Ibergallartu

No es justo que te pida que vengas.
Porque nos hemos atado los pies al tiempo y a la tierra,
juntos para recordarnos siempre que no estamos juntos.
Vivos a la distancia justa para que se nos cuele el viento que nos deja olernos,
que nos impide tocarnos.
Inertes a idéntica distancia en cada instante que conforma nuestra vida.
Toda nuestra vida.
Distancia repleta de aire, de vacío, de nada.
Ese es el invierno en que habito, la distancia.

 
 

La puerta de la ausencia

La puerta de la ausencia. Luis Ibergallartu

Y aprovechando que todos os habíais ido abrí la puerta de la ausencia.
Por saber qué había dentro.
Por ser yo también–por un breve instante pensé– ausencia.
Abrí, y allí estaba yo.
En la puerta de tu ausencia.

 
 

Espejos rotos

Espejos rotos © Luis Ibergallartu

Me han dicho que en los gimnasios trucan los espejos para que al vernos en ellos nos sintamos mejor.
Y nos sentimos mejor porque hemos creído que somos mejores. No, no lo hemos creído, es que realmente nos hemos visto mejor.
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Pedaleo

Pedaleo. © del texto y de la fotografía; Luis Ibergallartu

Hoy he vuelto a andar en bici. Hoy estoy 35 kilómetros más cerca del verano.
Pedaleo desde hace mucho. No se por qué, aunque creo que al menos ya se hacia donde.
Voy al verano.
Hoy las cunetas son frías y húmedas. La luz se escapa rápida y proyecta largas sombras sobre la carretera.
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Perdóname

Perdóname. © del texto y de la fotografía; Luis Ibergallartu
Perdóname por no haber vuelto.
Pero es que siguen allí.
Piedras manchadas de miedo y horror.
Y el grito, blasfemo e impotente. Inútil lamento que no necesito oír más para recordar la verdad.
No lo necesito, no necesito volver.
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Irene

irene
Sigue por favor. No te calles todavía, cuéntame algo más. Se que estás cansada. Y mayor. Y ahora un poco triste. Pero sigue hablando Irene, cuéntame cómo era todo. Que ya las comienzo a ver, que están ahí. Que ya llegamos a esas montañas que siempre soñé con conocer.
Háblame de cuando eras “vaquera” y llevabas ganado con Marieta de Casa Torré hasta el Prado de la Reina, ese tan grande y bueno que queda encima de Serveto. Cuenta cómo aquel hijo marchó “aborrecido” de la crueldad de un padre por el “Riomayor” hasta Lannemezan a trabajar de herrero. Y lo de su hermana, que le llevó una guitarra desde Sin el verano siguiente, y la noticia de la muerte del padre otro después.
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5 libros 3 euros

Historias de las historias
El viernes compré unos libros. Los vendían en la puerta de una tienda que ya no ofrecía otra cosa que un cartel que anunciaba su cierre. Y otro más pequeño, fuera sobre una pequeña mesa de madera, donde, escrito a mano se decía lo de los libros.
5 libros 3 euros. Y una pila de libros, de esos gorditos y con cuidados diseños de cubiertas y lomos.
–No, si yo no vendía libros, los tenía en mi casa, pero, ya ves –me explicó la mujer sin disimular su tristeza.
Y devolviéndome los dos euros del cambio –Al menos así, otros podréis volver a disfrutar leyéndolos. No son malos, ya verás.
Ya veré –pensé. Leeré, imaginaré, soñaré.
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Te declaro la paz

tu_paz
Te declaro la paz.
Te regalo mi derrota. Y la tuya. Que no la quiero, que no me sirve.
No me sirven ni tu paz, ni mi derrota.
Te declaro la paz que viene después de todo y antes de que llegue la nada.
La paz de los que siempre llegamos tarde,
la de los que entramos en el sitio equivocado.
La paz que nos golpea al cerrar –desde fuera– todas las puertas.
Ni vencedores ni vencidos. Derrotados.
Derrotada tú, derrotado yo.
Vence el silencio y nos entrega este aire rasgado que respiramos.
Vence el silencio y nos regala su amarga victoria.
Te declaro la paz, ahora que ya no puedo encontrarte.
Y me voy derrotado. Otra vez.

 
 

También esto pasará

Estoy leyendo También esto pasará de Milena Busquets. El título hace referencia a un cuento chino que habla del encargo de un emperador a los hombres más sabios de su reino: quiero guardar oculto dentro de mi anillo algún mensaje que pueda ayudarme en momentos de desesperación total. Tiene que ser un mensaje pequeño, de manera que quepa debajo del diamante del anillo. Un mensaje que me ayude a mí, a mis hijos y a los hijos de mis hijos, siempre, en cualquier situación en la que requiera el mejor consejo.
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